En el parque

No sé cómo llegué pero alguien me puso allí, en el Parque de María Luisa, sentado en un banco a la sombra de un ficus gigante.
Sentada frente a mí, tu bolso a la derecha y un libro entre tus manos, te vi por primera vez.
Un halo de misterio te envolvía.
El vestido, verde claro, tapaba tus rodillas. Aún así, podía verlas en cada uno de los cambios de posición de tus piernas, al cruzarlas.
Tus ojos cambiaban de expresión conforme leías el contenido de los párrafos de tu libro.
Dos minutos dieciséis segundos. Era el tiempo que, invariablemente, invertías en pasar de página. En alguna ocasión, pocas, tardabas más. Posiblemente, por tu cara de sorpresa, releías algún párrafo que entretenía tu ritmo de lectura.
Alzaste tu mirada e, imperceptiblemente, se encontró con la mía y, aunque hice un leve gesto por intentar retenerla, tus ojos se refugiaron de nuevo en las páginas de tu libro.
Tuve súbitos celos de sus personajes. Deseaba que leyeras mi nombre tantas veces y en situaciones tan dispares, que ya nunca pudieras olvidarlo.
Tu pelo, un pelo claro y brillante, se deslizaba a veces por tu mejilla y una mano blanca se empeñaba en devolverlo a su punto de partida sin demasiado éxito.
Todo de ti que me atraía.
Tu respiración sosegada.
El dominio en tu forma de leer.
La rebeldía de tu pelo.
El dulce sabor a miel que me dejó tu mirada al cruzarse con la mía.
Cerré los ojos y seguí viéndote...Me convertí en un intruso entre los personajes de tu novela. Aparecí en la narración súbitamente. El autor, movido por mis súplicas, me describió como portador de toda clase de atractivos y al menor de tus deseos por conocerme, cobré vida.
Aparentando una seguridad de la que carecía, tomé asiento junto a ti.
Nuestras pupilas se encendieron como las del niño ante un regalo de Reyes.
Las páginas de tu libro perdieron sus letras y aparecían en blanco. Tomé tus manos, olor de azahar, y las besé.
Tus labios dibujaron una sonrisa de complicidad que colmó mi alma de ternura...y quise que participaras de ella.
Besé tus labios...y los tuyos, temerosos por besarme, se entregaron a los míos.
Acaricié tu pecho. Tus pezones asintieron adquiriendo una cálida dureza de conformidad.
Besé tu cuerpo caliente. Todo tu cuerpo...y tu piel y mi piel se fundieron en un leve gemido de placer y de misterio.
Intenté buscar, una vez más, el calor de tu mirada.
Abrí los ojos. Ya no estabas.
Una vaga tristeza me envolvió. En tu banco sólo quedaba un libro: “Memoria y Deseo“.
En su primera página, unas palabras, nacidas de mi pluma, te dedicaban su contenido: “A tu mirada, sendero de mi Memoria y manantial de mi Deseo”
Solo estaba escrito hasta la página 32. La última frase, de caracteres apenas legibles, a mitad de página, ponía fin a mi sueño: “...Abrió los ojos, y encontró el banco vació. La mujer del vestido verde había desaparecido” El resto... pendiente de escribir.
Cerré, de nuevo, los ojos intentando continuar el rito nacido en el ara de mi esperanza...y tampoco estabas.
Pero sé que estuvimos juntos. Entre mis dedos dejaste el suave perfume, sueño y vida, nacido entre los más escondidos pliegues de tu cuerpo...y, besándolos, también desaparecí.

3 comentarios:

*Inesperada* dijo...

Precioso escrito amigo, como todos los que leo de tí.

Miro desde mi rincón como transcurre tu sueño y cuando desapareces, cierro la página de mi presencia.

Gracias,Prólogo, amigo mío.

Mayte® dijo...

Es hermoso leerte, describes de un modo perfecto tu ansiedad y atracción por esa persona. Hasta yo me he sentido desilusionada al perderla de vista.

Besos a la distancia y gracias por compartir tu escrito

D'MARIE dijo...

Muchas veces desaparecemos antes los sueños.Dejamos libros a medio escribir,sabiendo que el amor,sera la proxima letra a escribir.Fantastico!!
Besiss