29 de junio de 2013

No hay boda sin lágrimas...



Dice el refrán que no hay boda sin lágrimas ni funeral sin risas y, analizando, suele ser cierto como, por otra parte, suelen ser muchos refranes.

De lo de las bodas doy fe porque yo misma, a falta de hermanos o cuñados porque tanto mi marido como yo somos hijos únicos, me emocioné en su momento en las bodas de mis primas y ahora me emociono en las de sus hijos o los hijos de mis amigos (esto, quizás, en previsión de que mis hijos me tienen amenazada con que no se van a casar y me van a privar de ejercer de madrina, yo ahí toda mona de teja y mantilla).

Y de lo del funeral también pues esta mañana, sin ir más lejos, y juro que sin tener yo culpa de nada se han producido unas risitas a mi costa en un tanatorio.

Hoy me he desayunado con la noticia de que había fallecido la madre de una amiga muy querida y, a media mañana, nos hemos ido al tanatorio a dar el pésame y acompañarles un ratito. Yo, tanto en las bodas como en los funerales, soy de las que suelen guardar las formas en el vestir y jamás iría a una boda de blanco o negro total ni a un funeral con ropa demasiado estridente, pero hoy se me presentaba la polémica de que me había pintado ayer tarde las uñas de rojo y no me apetecía cambiármelas, más que nada porque como estoy que me desarmo de los dolores me cuesta un montón pintarme las de los pies.

Así he dicho bueno pues me pongo de negro y sandalias y bolso rojo y así voy moderadamente discreta pero no parece que vaya de luto. Y, dicho y hecho, me he puesto lo que mis hijos, tan dados ellos a opinar sobre todo lo mío, llaman el “look viuda alegre” pero sin escote y sólo con un brillito en los labios, hoy formalita.

Pero mis cuidados me han servido de poco porque, aprovechando que había poca gente cuando hemos llegado, me he sentado al lado de mi amiga y su hermana, ambas de luto, y al poco de estar ahí ha llegado un grupo y yo, que estaba la primera en los sillones reservados a la familia según se entra, les he visto por el rabillo del ojo y digo: “ya está, estos me dan el pésame” y dicho y hecho, según me levantaba para evitarlo ha llegado uno con su mujer y me ha plantado dos besos y yo diciéndole: “que lo siento pero que yo no soy de la familia, es que me he sentado ahí!” y él, que no ha debido entenderme o se ha azorado al ver que había metido la pata, respondiéndome: “que no pasa nada, no te preocupes” y yo diciéndole: “no, si pasar no pasa, tú tranquilo” y la mujer, más espabilada que él, dándole un codazo y diciéndole por lo bajini: “si es que estás tonto” y él: "joder que yo no les conozco" y el borde de mi marido en el otro extremo poniendo la cara de inocente y con los ojos muertos de risa y yo, al final, simulando un ataque de tos cuando era de risa y yéndome al baño.

Y, cuando he vuelto, al ver los ojitos risueños de la gente que había por allí me he dicho que sí, que no hay funeral sin risas.

28 de junio de 2013

¿Me lo merezco por fascista?

A mí me da igual que me llamen fascista, facha o “sucedáneos”, de hecho siempre me ha importado tres leches lo que digan o piensen de mí, sobre todo quienes no me conocen, y, honradamente, no me iba a empezar a preocupar ahora que ya paso los 50.

Digo esto porque alguien ha tenido la gentileza de dejar un comentario en mi entrada anterior diciendo, más o menos, que mientras las palomas defequen en casa de una fascista bien hecho está.

La cosa, aparte de surrealista total, tiene su guasa, primero porque el sujeto en cuestión (como casi todo el que utiliza fascista o facha tratando de insultar) parece desconocer el origen y el significado real de la palabra y segundo porque las palomas, con el tamaño de su cerebrito, dudo que sean capaces de saber donde vive alguien de izquierdas o de derechas y de controlar sus esfínteres para hacerlo en tal o cual sitio.

Ello no obstante, para el caso de que algún iluminado tipo el cubano o el coreano ( “defensores” ambos de las libertades y que, segura estoy, el que me insulta no tiene los cojones suficientes para criticar) esté experimentando con palomas y las enseñe a leer y a apuntar con sus excrementos en determinados sitios, el lunes mismo estoy llamando a los albañiles para que me pongan un mosaico en el suelo de la terraza, legible desde el aire, donde diga: “aquí vive una que le vota al PP y, encima, tiene la desfachatez de decirlo” (como tengo sitio me cabe).

Luego, cuando pase el helicóptero de la Guardia Civil o los del ejército fotografiando para hacer mapas y se descojonen a mi costa ya veremos lo que hago. Y prometo también, en cuanto lo tenga, subirme a la azotea y sacar una foto bien mona para ponerla aquí.

Así que, “querido comentarista”, por mí me puedes seguir llamando lo que quieras que, total, el botón para publicarlo o no lo tengo que pulsar yo y, como resulta que soy lavable, tu mierda me resbala, es más los comentarios como el tuyo me dan para, si me apetece ese día, escribir de ello y dejarte en tu sitio, o sea a la altura del barro.

Ah, se me olvidaba, puedes tratar de insultarme (que no conseguirlo) con ese o con el otro nick, ese que tú y yo sabemos, sí hombre, el de tu otro blog (dato que, por supuesto, omitiré porque yo, a diferencia que tú, siento un enorme respeto por las libertades ajenas, incluyendo la de creer en lo que a uno le de la gana).

24 de junio de 2013

Colombofilia, colombofobia y yo me las cargo



Mi abuelo era colombófilo y, de siempre, lo recuerdo enre-
dado con las palomas, pintándolas con sus colores, entrenándolas, llevándolas de competición y todo eso. Parece que lo era desde que era un chiquillo y lo fue hasta su muerte, incluso muy poco antes de fallecer, cuando ya no podía hablar por una trombosis, los miembros de la sociedad a la que pertenecía le hicieron, en reconocimiento a su trayectoria, un homenaje en el casino muy emotivo. Yo, quizás por ello, siempre he visto a las palomas con cariño.

Mi abuela, en cambio, las odiaba por el ruido, por la suciedad y, supongo, por el tiempo que le ocupaban a mi abuelo (de hecho, le decía con sorna: “¿le has dado de comer a tus hijos ya?"). Y, cuando él falleció, regaló algunas a unos amigos, también aficionados, y el resto las vendió (es sorprendente lo que la gente llega a pagar por una buena paloma y los gastos que conlleva esta afición; conozco a uno que las tiene con aire acondicionado y todo, no digo más).

Yo no heredé la afición, aunque le decía a mi abuela y me decía a mí misma que tampoco eran para tanto las molestias que ocasionaban pero heme aquí, cada vez más convencida, a punto de salir a comprarme una escopeta para liarme a tiros con ellas, con las que me lo ponen todo perdido y me tienen de los nervios.

Cuando hace año y medio me cambié de casa, lo que me enamoró de esta fueron los 100 metros de terraza (una cubierta y otra descubierta) y patio pero ¡ilusa de mí!, no sabía yo que 65 de esos metros, o sea la terraza grande, no eran para mí sino para las palomas y a mí me tienen de chacha para limpiarlo y, aun así, no hay forma. Esta mañana he llegado a contar 25 palomas, ahí ellas tan tranquilas, como en su casa.

El año pasado puse dos pérgolas y ponían los toldos perdidos, este año les he quitado las lonas porque tuvimos un incidente un día que hizo un viento huracanado y no tengo gana de que salgan volando y provoquen un accidente y, en sustitución, he puesto tres parasoles grandes y la misma historia, todos los días manchados y yo a manguerazo limpio y al rato otra vez llenas de excrementos. Manchan los muebles, que son de madera, los azulejos, las plantas, las persianas y los cristales y te da miedo hasta salir a tomar el sol por si vienen a hacer sus cositas encima de tí y ya no hablemos de comer o cenar ahí porque capaces son de si dejas la mesa puesta y entras a por algo que falte comérselo o cochinearlo todo. 

Y después de todo dando gracias de que no compré un jacuzzi portátil precioso que vi en el Corte Inglés porque el peso excedía lo que recomendaban que podía soportar la cubierta porque, si no, tenían ahí  las señoritas su estanque a mi costa.

En fin que, entre las palomas que se han adueñado de esta terraza y el patio al que me da miedo salir por la cosa del hamster de la vecina, me queda la otra terraza cubierta a la que, de momento, sólo vienen abejas, moscas, mosquitos y mariposas pero ya estoy elucubrando a ver cuál va a ser el bicho que me eche también de ella.

Eso sí, como me hagan cambiarme otra vez de casa yo me llevo por delante a todos los bichos ¡faltaría más!.

17 de junio de 2013

Los besos y los bolsos de Sofía


Bolso original de Chanel, foto tomada de la red
Sofía es una preciosa niña de dos añitos, es la hija de la chica de la AA.VV. que viene todas las semanas a casa a traernos la lotería.

Está viniendo desde antes de Navidad, cuando lo dejó la anterior miembro de la asociación y siempre, cuando viene con la niña, esta trae una muñeca en la mano, sentada sobre ella en su silleta.

Sofía es una de esas niñas nada llorona y con simpatía a raudales, me da besos cada vez que viene y me deja su muñeca para jugar.

El caso es que a la muñeca le falta un poquito de glamour y, puestos a jugar con ella, me dije: “¿y si le hacemos un bolsito para que vaya mona?”. Y dicho y hecho pero, como yo con los bolsos y los zapatos no tengo ningún control y todos me parecen pocos, empezó a funcionarme la cabeza a todo gas y, con retalitos de tela que tenía por ahí, en lugar de un bolso me salieron 10, desde bandoleras, bolsa para la playa, bolso con asas metálicas (utilizando anillas para ello), hasta una cesta de la compra con una tela monísima con dibujitos de fresas que me sobró de hacer un mantel para la terraza y pasando por una mochila.

Pero ahora tengo un problema y es que no puedo parar, vamos que me ha dado por hacer mini-bolsos (como si no me dolieran las manos lo suficiente) y ahora voy con los de fiesta y, además, pienso hacerle hasta uno imitando el mítico 2.55 de chanel, para el que ya tengo la tela acolchada y todo.

Tal es mi ansiedad con los bolsitos que el sábado me fui de chinos a comprar “charcutería fina”, que diría Marujita Díaz, para utilizarla de cadenas, adornos, etc. y mandé a mi marido de ferreterías a ver si encontraba cierres de imán tamaño mini (no encontró).

El caso es que con los bolsos aún me puedo manejar pero ¿y cuando me de por las sandalias, que me dará, que yo me conozco, quéeeeeeee hagooooooooooo? Porque todo lo más que voy a poder hacerle (por no saber hacer otra cosa, digo) son unas babuchas de tela aunque, bien mirado, se me acaba de ocurrir que siempre puedo comprar algunas hechas y tunearlas a mi gusto. Estoy perdida, de verdad, ¡qué ansiedad más grande, por Dios!.

2 de junio de 2013

La visita del hamster



Hace año y medio conté aquí (http://escribimospensamientos.blogspot.com.es/2012/01/estoy-en-peligro.html) que había oído a mi vecina de arriba decir: “ay hamstercito mío qué guapo eres” y mi miedo (en realidad pánico) porque el susodicho pudiera llegar a mi casa.

Y hoy, mira tú por donde, se ha hecho realidad la pesadilla. Me he levantado a las 7 con los ojos medio cerrados y directa a la cafetera como siempre y me he encontrado a uno de mis hijos en la cocina, le he dicho algo mientras casi a ciegas metía la cápsula en la cafetera y le he oído decir: “Alejandro tiene que contarte algo” (Alejandro es mi otro hijo). Aquí ya me he mosqueado porque he pensado que qué cosa más rara estos dos levantados un domingo a las 7 pero estaba pendiente del café y he pensado que tampoco sería grave el asunto.

A todo esto que llega Alejandro y me dice: “oye, que a las cinco de la mañana he salido al lavadero a poner la ropa en el cesto de la ropa sucia y he visto un hamster”, ¿un quéeeeeeeeeeeeeeeeee? (esto se ha oído como en 1 km. A la redonda y ya no me hacía falta ni el café).

Cuando me he calmado un poco, me ha contado que, tratando de atraparlo, el bicho lo ha toreado con ganas, se ha metido a la cocina, se ha vuelto a salir al lavadero y de ahí al patio (es uno de estos que están divididos en diagonal con el vecino) y, por la abertura que hay por seguridad del desagüe entre los dos patios, se ha ido al del vecino y ya no lo ha podido atrapar. Tampoco se ha acostado porque, si se me ocurría salir y veía al bicho, no me dieran media docena de infartos seguidos y se quedara sin madre.

Como medida preventiva, me he dicho que si el bicho había entrado a la cocina aunque sólo fuera unos segundos primero se imponía una limpieza a fondo así que como, por puro pánico, no podía salir al lavadero les he dicho que abrieran la puerta con cuidado y me entraran todos los trastos de limpiar y dos botellas de lejía.

Luego, como ya estaban despiertos y arreglados, han decidido salir a desayunar fuera y, cuando ya se iban, me ha dado un pálpito y he pensado que el bicho igual se había hecho fuerte detrás de la lavadora o la secadora, así que les he hecho volver para que sacaran todo de su sitio y mirar. Y efectivamente, estaba metido en una zapatilla de deporte que habían puesto para lavar y que, en la trifulca de madrugada, se había caído detrás del cesto de la ropa sucia.

Yo no lo he visto, por descontado, pero han tardado entre los dos más de un cuarto de hora en capturarlo y sacarlo de mi casa para que viva su vida en el campo en libertad. También han sacado a la basura las zapatillas en cuestión porque había aprovechado para roer un poco los bordes de la que se ha encajado (imaginad si era gordo que la zapatilla era del 45), con lo cual me ha costado el episodio más de 100€.

Mientras limpiaba, he estado meditando y llegado a la conclusión de que lleva por lo menos una semana por los patios y durmiendo en una maceta de menta, porque llevo días mosqueada viendo los tallos de menta como tumbados y pensando si no había por ahí un gato haciendo excursiones. Ahora, a lo de las zapatillas, le tengo que añadir todas las plantas que tengo que sustituir (menta, perejil, romero, tomillo, orégano, etc.) porque son las que tengo para cocinar y lo mismo ha tocado o mordido algo.

Dos litros de lejía después, cuando he terminado de desinfectarlo todo por si acaso, me disponía a ir a preguntarle a mi vecina si se le había perdido algún bicho, cuánto tiempo hacía de ello y, de paso, a comentarle que era una irresponsabilidad por su parte no avisar porque yo tengo fobia a los roedores pero mi marido, que se acababa de levantar y se ha perdido toda la fiesta, me lo ha prohibido porque dice que lo lógico es que si me encuentro un hamster pregunte por el edificio si se le ha perdido a alguien. Con un par, vamos, que estoy por decirle a mi hijo que si se encuentra otro de madrugada le haga un biberón y lo acueste no sea que pase mala noche el animalito.

31 de mayo de 2013

Medusa a la vasca

Hay que reconocer que este mes los de la FAO han estado sembrados pues, si a mediados de mes recomendaban comer insectos, ayer se despacharon con que hay que comer medusas porque, por un lado, acabamos con la plaga y, por otro, con el hambre.

Como la FAO depende de la ONU y en esta trabajan, en diferentes departamentos, lumbreras de la talla intelectual de dos de nuestras ex ministras, la verdad es que no me extraña ni lo de los insectos ni lo de las medusas.

Ahora bien, como el movimiento se demuestra andando mientras algún lumbrera no diga lo contrario, yo propongo a estos de la FAO “hacerse un Fraga en Palomares”, es decir, igual que aquel se bañó con su Meyba sobaquero y grandes dosis de cinismo para demostrar que lo de la bomba de Paco no era nada, que estos de la FAO se coman en público lo que predican que tienen que comer los demás.

Y, como muestra de buena voluntad por mi parte, les voy a dar ideas para un menú completo, postre incluido:

1) Primer Plato: Crema de medusa

Ingredientes:

1 a 2 Medusas de buen tamaño (a pajera abierta, sin miedo, que son gratis).
Agua
1 Patata (pequeña, sin abusar)
1 Cebolla también pequeña
2 Cucharadas de harina agusanada (dicen ellos que los gusanos de la harina son la leche en plan proteico y ácidos grasos).

Preparación:

Lavamos la medusa y la ponemos a cocer media hora con la patata y la cebolla.

Trituramos todo y reservamos una parte para el segundo plato, que no está la cosa para dispendios.

Añadimos las dos cucharadas de harina para espesar el caldo.

Como flotarán los gusanitos de la harina, nos ahorramos ponerle picatostes.


2) Segundo Plato: Medusa a la vasca

Ingredientes:

4 Medusas medianas
El caldo de medusa que hemos reservado del primer plato.
2 Huevos duros (de serpiente o bicho similar que habremos salido a buscar gratis al campo).
1 Ajo
2 a 3 cucharadas de harina con sus gusanitos correspondientes.
4 a 8 Grillos o saltamontes (sustituto de las gambas)
200 grs. de escarabajos patateros (sustituto de las almejas)
100 grs. de chinches verdes (sustituto de los guisantes)
Perejil
4 tallos de hinojo cogidos de la orilla de la carretera (sustituto de los espárragos)
1 vaso de agua (para sustituir el vino blanco)
Aceite
Sal

Preparación:


Escaldamos todos los bichos en agua con sal teniendo la precaución de estar con un matamoscas al lado por si se nos quiere fugar alguno.

Calentamos el aceite en una cazuela y doramos ligeramente los ajos.

Apartamos del fuego y rehogamos ligeramente la harina y añadimos el perejil.

Añadimos el caldo y el agua y, cuando rompa a hervir, añadimos la medusa y la tenemos 4 o 5 minutos.

Le damos la vuelta a la medusa y colocamos encima los grillos, el hinojo y los escarabajos patateros.

Espolvoreamos con las chinches verdes y colocamos los huevos partidos a cuartos o a rodajas.

Tenemos un par de minutos al fuego, retiramos y dejamos reposar un poco antes de servir.


3) Postre: Sorbete de oruga con perlitas de ámbar rellenas.

Ingredientes:

Azúcar
Orugas
Agua
Moscas

Preparación:

Trituramos las orugas con agua y azúcar y ponemos en el congelador en copas.

Hacemos caramelo rubio (para que parezca ámbar), ponemos pequeñas cantidades sobre papel de cocina y, rápidamente para que no se enfríe, ponemos una mosca en cada montoncito y envolvemos.

Decoramos cada copa de sorbete con perlitas al gusto.


¿A que da muchísimo asco?, pues más, infinitamente más, está dando toda la gente que nos desgobierna, hasta el extremo de que dan ganas de ser como la otra Medusa, la mitológica, e ir por ahí convirtiendo en piedra a todo político/ dirigente que mires a los ojos.

29 de mayo de 2013

La Tostadora

Como este mes estoy de reposiciones, allá va eso:



Yo soy sonámbula desde siempre;  normalmente 
me paseo por la casa, generalmente a oscuras, voy al baño, a la cocina, mantengo una conversación más o menos incoherente con alguien de mi familia si me los encuentro (dicen ellos que contesto algo) y vuelvo a la cama yo solita.

Pero, algunas veces, el sonambulismo se sale un poco de lo normal, como el día de la tostadora. Porque una noche me levanté, fui a la cocina, cogí una tostadora, me volví a la cama y la  puse entre mi marido y yo.

La cosa no hubiera pasado de una simple anécdota de no ser porque mi marido, durmiendo, se dio la vuelta y se clavó la tostadora en los riñones. Yo me desperté cuando le oí gritar jurando en arameo y echándose mano a los riñones.

Al principio, como es muy raro que él se enfade y yo estaba medio dormida, pensé que le había dado un cólico nefrítico y me dije a mí misma: "doler duele, pero tampoco es para que grite de esa manera, qué poco aguante tienen los hombres, por Dios".

Al momento me dijo que se había clavado la tostadora, que por qué me la había llevado a la cama, que mirara la señal que se le había hecho, que si quería matarlo, que qué iba a ser lo próximo y no sé cuantas cosas más, la verdad es que estaba realmente enfadado. Yo, haciéndome la digna, le dije:"oye, pues menudo escándalo que estás montando por una tontería de nada, si la tostadora ni siquiera estaba enchufada y ni te has quemado ni te va a quedar marca, aún puedes dar gracias" y, acto seguido, di media vuelta y a dormir de nuevo. Entre sueños le oí decir que probablemente no la había enchufado porque el cable no llegaba al enchufe y no sé cuantas cosas más.


A la mañana siguiente a él ya se le había pasado (que no olvidado), tiene muy buen carácter, pero yo medité sobre el asunto de la tostadora y reconocí dos cosas: primera que realmente llevaba la marca en los riñones y segunda que lo levantarme de madrugada y llevarme el cuchillo jamonero para ponerlo debajo de la almohada ante sus ojos atónitos estaba muy reciente

El esguince (no hay dos sin tres)

Voy por mi tercer esguince en el pie derecho, de ahí lo de que no hay dos sin tres. Y hoy, recordaba lo que, por el esguince, me ocurrió ...