25 de julio de 2016

El esguince (no hay dos sin tres)

Voy por mi tercer esguince en el pie derecho, de ahí lo de que no hay dos sin tres. Y hoy, recordaba lo que, por el esguince, me ocurrió en la primeravera del 2009, cuando me torcí el pie en la oficina y me hice un bonito esguince con rotura parcial de ligamentos. Culpable el tacón según el traumatólogo, me dio una charla al respecto pero yo ni caso, en cuanto me curé volví a las andadas, o sea al tacón.

Aquello me obligó a hacer casi un mes y medio de reposo y a andar con muletas y, estando todavía convaleciente, se celebraba una feria de gourmets a la que, por trabajo, nos interesaba ir a mi marido y a mí. Lógicamente no podía darme "la paliza" de recorrer la feria con las muletas así que nos llevamos la silla de ruedas. Nos acompañaron una pareja de amigos que tienen un negocio relacionado con el tema y también estaban invitados.

Cuando llegamos al parking del recinto ferial, me ayudaron a bajarme del coche y me instalé en la silla de ruedas, ahí yo toda monísima, hecha una barbie, con una sandalia en un pie y el otro vendado y asomándome una uña pintada que era la única que se me veía, como una reina.

La primera gamberrada me la hicieron en la puerta, me dejaron allí en la silla y me dicen: "mientras nosotros entramos tú te quedas aquí pidiendo a ver si, cuando salgamos, te han dado suficiente dinero para que nos invites a comer", me quedé muda, menos mal, porque si me da por hablar se oyen los gritos hasta en Australia,  sin poder moverme porque las muletas se habían quedado en el coche, todo el mundo mirándome y yo disimulando, como si no fuera conmigo. Ninguno de los tres me cogía el teléfono pero a los 10 minutos volvieron a buscarme, muertos de risa para variar, y me dicen: ¿qué, cuanto has recaudado ya? yo, ofendidísima, respondí casi a gritos: ¿tengo yo aspecto de mendigaaaaaaaaaaa?, ¿os parece que voy mal vestidaaaaaaaaaa?, al final me contagiaron las risas y entramos a la feria.

Fuimos recorriendo diferentes stands, saludando a expositores conocidos, catando vinos y muchos productos estupendos y yo pensando: "parece que han terminado conmigo" pero qué equivocada estaba. La siguiente me la hicieron en un stand de vinos, estábamos catando y yo hablando con la representante del Consejo Regulador en cuestión que es amiga mía cuando, de pronto, llega un periodista pertrechado con su cámara de fotos. No se lo pensaron dos veces, me giraron la silla para que me quedara frente a frente con el periodista, se apartaron y le dicen "señor, haga Ud. el favor de sacarla en el reportaje que vaya a hacer, que no sabe Ud. la ilusión que le hace, le gusta chupar cámara que no vea y lo de salir en los periódicos ya ni hablamos, eso es que le priva"; el pobre periodista se lo creyó y pensó: "pobre mujer, a esta la saco yo en primera página y doy el golpe" y se puso a fotografiarme en la silla y yo, con mi copa de vino en la mano, diciéndole "nooooooooooo, por favor, nooooooooooo, no les haga caso que estos están locos, que lo que quieren es reírse de mí porque no me puedo defender, por favor a mí no me saque en la silla", yo no sé si terminé saliendo o no porque, para curarme en salud, ni miré la televisión en varios días ni compré los periódicos pero reírse, lo que es reírse, sí que se rieron, hasta el periodista se rió.

Pero la cosa no se quedó ahí, no, hubo más. Cada vez que pasábamos por un stand donde los expositores eran conocidos nos regalaban cosas y ellos, sin cortarse un pelo, me lo ponían todo en la silla, los brazos llenos de bolsas colgando, botellas de vino encajadas en la silla rozándome los muslos, yo ya no podía más y les decía: "que estamos dando un espectáculo, no me pongáis más cosas en la silla, por favor"; pero qué va, el espectáculo estaba aún por venir y lo dimos más tarde, en las siguientes visitas, ahora ya por el sector dedicado a los cárnicos. Nos pusieron varias bandejas con jamón de jabugo, ibéricos, cecina, etc. y, con la excusa de dejar paso a otros visitantes, me las colocaron encima de mis muslos y en mis manos, como si yo fuera una mesa, e iban comiendo de allí. De pronto me dicen: "vamos a seguir" el problema fue que seguimos pero yo seguía toda cubierta de bandejas y ellos le decían a todo el que se cruzaba con nosotros: "¿le apetece tomar algo?, tome, tome, Ud. no se prive" y tomaban, ya lo creo, tomaban de las bandejas que yo llevaba encima y yo como un tomate de roja. Cuando se acabó el contenido de las bandejas me las repusieron, que por algo conocíamos a muchos de los expositores ¿para qué tiene uno amigos?.

Yo no soy rencorosa pero esta, y las demás que me hicieron ese día y otros más a costa del esguince, se las tengo guardadas.

7 de mayo de 2016

Ahí me tienes



Mira esto y deja de enseñarme dulces 





María responde:

Mira lo que te digo, Mati, yo las cosas las hago bien o no las hago así que, en vez de subirme a la sierra a comerme una bolsa de recortes de hostias (que le habrás comprado a las monjas, seguro), me hago una tartica como esta y, ya que peco, que sea por algo que merezca la pena:






Y, para que veas lo que te quiero, te voy a poner la receta:

Ingredientes:

a) Para el bizcocho:

4 huevos
3 tazas de café de harina
2 tazas de café de azúcar
1 taza de café de cacao en polvo (o chocolate valor o incluso cola cao)
1 taza de café de leche o un yogur blanco
1 taza de café de mantequilla derretida
1/2 copa de brandy
1 cucharada de vainilla azucarada (o esencia de vainilla)
1 sobre de levadura Royal

b) Para los ganachés de chocolate:

400 grs. de chocolate con leche
200 grs. de chocolate negro
200 grs. de chocolate blanco
800 ml. de nata de 35% de materia grasa
1 cucharada sopera de mantequilla

c) Para el baño:

250 ml. de leche
Café soluble o una taza de café con o sin cafeína,
1 cucharada de azúcar o dos pastillas de sacarina
1/2 copa de brandy (o más si queremos que se note más el sabor)

c) Para adornarlo:

Toppings de chocolate, o fideos (si no queremos comprarlos se pueden hacer rallando chocolate con un cuchillo de sierra). O una flor de fondant como lleva esta (también se puede hacer con caramelos Sugus).


Preparación:

a) Del bizcocho:

Tamizamos la harina junto con el cacao en polvo, la levadura y la vainilla (si es en polvo) y reservamos.

Batimos, hasta que espumee, los huevos junto con el azúcar (con las varillas).

Añadimos a los huevos y el azúcar la leche, la mantequilla derretida y el brandy y volvemos a batir hasta que esté todo bien mezclado.

Añadimos esta mezcla a la harina y el resto de ingredientes tamizados, poco a poco y mezclando bien para que no queden grumos (si vemos que queda alguno se mete la batidora, en cuyo caso dejamos reposar un poco para que se asiente la masa).

Precalentamos el horno a 160º con calor arriba y abajo.

Ponemos la masa en el molde que nos guste, que previamente habremos engrasado con mantequilla, salvo que sea de silicona.

Lo ponemos en la parte baja del horno de 20 a 30' (esto depende de lo alto que sea el molde, así que hay que ir pinchando con una brocheta o un cuchillo afilado hasta que salga limpio y veamos que está hecho).

Lo dejamos enfriar (mejor sobre una rejilla fuera del molde)


b) De los ganachés:

1) Troceamos los 400 grs. de chocolate con leche, lo mezclamos con 400 ml. de nata y lo fundimos en el microondas o al baño María (en el microondas se mete dos minutos, se saca y se remueve un poco y luego se mete de 30 en 30'' para evitar que se queme). Es más práctico hacerlo en el microondas porque luego usamos el mismo bol para montarlo.

Dejamos enfriar y metemos al frigo dos o tres horas para que se enfríe.

Una vez frío lo montamos con las varillas igual que si fuera nata, primero a velocidad baja y, en cuanto empiece a espesar, subimos la velocidad hasta que tome consistencia y haga picos.

Reservamos en el frigo.

2) Troceamos los 200 grs. de chocolate blanco, lo mezclamos con 200 ml. de nata y
lo fundimos en el microondas o al baño María (en el microondas se mete dos minutos, se saca y se remueve un poco y luego se mete de 30 en 30'' para evitar que se queme). Es más práctico hacerlo en el microondas porque luego usamos el mismo bol para montarlo.

Dejamos enfriar y metemos al frigo dos o tres horas para que se enfríe.

Una vez frío lo montamos con las varillas igual que si fuera nata, primero a velocidad baja y, en cuanto empiece a espesar, subimos la velocidad hasta que tome consistencia y haga picos.

Reservamos en el frigo.

3) Troceamos los 200 grs. de chocolate negro, lo mezclamos con 200 ml. de nata y la cucharada de mantequilla (a este se le pone mantequilla para que haga una capa dura y sirva de cobertura y no se nos reseque la tarta en el frigo).

Lo fundimos en el microondas igual que los anteriores y lo mezclamos muy bien (este no se bate)

Esto hay que hacerlo a última hora, justo cuando vayamos a ponérselo al bizcocho.


C) Montaje:

1) Dividimos el bizcocho en dos partes con un cuchillo largo o una lira (también se puede hacer dos bizcochos finos si tenemos dos moldes iguales).

2) Ponemos la parte inferior sobre la bandeja que hayamos elegido.

3) Calentamos un poco la leche con el café y el brandy y, con una cuchara o un biberón de pastelería, bañamos de forma uniforme todo el bizcocho (gastamos la mitad y reservamos la otra para la parte de arriba).

4) Cubrimos toda esta parte con el ganaché de chocolate blanco (con la manga pastelera o extendiéndolo con cuidado con una espátula de silicona o alisando con un cuchillo).

5) Ponemos encima la otra parte del bizcocho y lo bañamos con la leche restante.

6) Fundimos el chocolate negro con la nata y la mantequilla y, todavía caliente, se lo echamos con cuidado por encima cuidando que nos cubra todo, incluso los laterales.
Para que no haga un agujero en el bizcocho es mejor poner una cuchara sobre el bizcocho e ir echándolo del bol a la cuchara y de esta al bizcocho y así cae más suavemente.

7) En cuanto se endurezca el chocolate negro (lo hace rápido), metemos el ganaché de chocolate con leche en la manga pastelera (yo le pongo la boquilla rizada grande) y lo adornamos a nuestro gusto. Se puede cubrir todo, para lo cual necesitaríamos unos 200 grs. más de chocolate y otros 200 ml. de nata, o dejarle un trozo de chocolate negro a la vista y espolvorear este con los toppings o adornar con una flor.

Ahora que veo, en esta cambié el chocolate con leche por negro y viceversa.

14 de enero de 2014

Ni en mi peor pesadilla...



Ni en mi peor pesadilla hubiera soñado nunca con el escenario con el que, desgraciadamente para mí, me tuve que enfrentar la semana pasada.

Entré al quirófano para una operación de un tumor en el tiroides con dos espadas de Damocles pendiendo sobre mi cabeza, la primera que puede que no fuera posible intubarme para la anestesia una vez dormida y tuvieran que despertarme, colaborar yo para que el tubo llegara a los pulmones y volver a dormirme; la segunda es que, como la biopsia no era concluyente porque el tumor era muy grande, al final resultara cáncer.

Esas dos espadas, al final, no cayeron sobre mí y ni me tuvieron que entubar despierta y luego provocarme amnesia retroactiva para olvidar el mal trago ni, afortunadamente, se han encontrado células cancerígenas.

Pero, quizás porque desde hace 4 años el dolor es mi eterno compañero de viaje, tuve que pasar por algo que sólo le ocurre a 1 de cada 15.000 personas a las que aplican anestesia general: sólo me funcionó la parte de la anestesia que provoca rigidez y que te impide el más mínimo movimiento, hablar gritar, etc. y no me funcionaron las partes que te hacen dormir y te inhiben el dolor. Con lo cual, pasé consciente prácticamente toda la operación, oyendo a los médicos y, sobre todo, sintiendo absolutamente todo el dolor que conlleva.

Honradamente no sé como pude soportarlo, porque el dolor es indescriptible, el miedo salvaje y la impotencia de no poder hacer absolutamente nada demoledora.

No podía entender como habiendo 8 personas en el quirófano nadie notaba nada y me salvaba de lo que yo creía una muerte segura pero, al fin, oí a uno de los cirujanos decir: “¿NO OS DAIS CUENTA DE QUE ESTA MUJER ESTÁ DESPIERRRRRRRRRTA?” y, a partir de ahí, una vorágine de pinchazos (terminaron poniéndome una vía en el tobillo) y, por fin, un sueño y, al despertarme, la cara extremadamente preocupada de mi marido, al que ya habían explicado lo sucedido.

Ha sido muy duro, extremadamente duro y no debería quizás ni escribir de ello, pero lo estoy haciendo como una forma de echar los demonios fuera y, si Dios quiere, pasar página e ir olvidándolo.

21 de octubre de 2013

Añorada soledad




Abrázame, añorada soledad,
acógeme bajo tu dulce manto
y bébete las gotas de mi llanto.
Ayúdame a desterrar la ansiedad

que, a veces, mi garganta atenaza
y me asfixia, me impide respirar.
Enséñame a los males desviar,
a fabricarme una fuerte coraza,

a convertir en fuerza el desaliento,
a tener un momento de sosiego,
a no darle a mis nervios alimento.

Muéstrame, ansiada soledad,
cómo tener tu dulce compañía
si no puedo estar sola de verdad.



 

 

19 de julio de 2013

Echar el freno





Yo no puedo estar quieta, soy de las que constantemente tienen que estar haciendo algo e ideando al mismo tiempo qué va a ser lo próximo. En casa me dicen que seguro que tengo un TOC sin diagnosticar porque mi manía por hacer cosas y por el orden no es en absoluto normal; yo me quejo y les quito la razón (sólo faltaba que se la diera) pero no por ello dejo de reconocer que sacar todo de la despensa dos veces a la semana, ordenar los alimentos por orden de utilización, por familias y, dentro de estas, por orden alfabético tampoco es que sea muy común.

Como tampoco lo es ordenar los folletos de los bancos mientras esperas, enderezar los cables de los teléfonos, ordenar el contenido de la guantera de los coches cuando vas de copiloto, tener la ropa guardada por colores y por largos de falda, tener todas las cosas pequeñas en cajas y estas, a su vez, llenas de cajitas o divididas en departamentos, para que esté todo milimétricamente ordenado, los zapatos y los bolsos en estanterías y por colores, sufrir y discutir por una silla 1cm. fuera de su sitio, tener pasión por la simetría y un largo etc.

¿Y para qué hablar de la cocina?, aquí ya es donde me desmadro porque, con independencia de que me gusta mucho, tampoco es que haya necesidad de hacer todo, absolutamente todo, casero, desde las mermeladas a los flanes, pasando por las tartas y terminando por las aceitunas. Como no la hay de tener al mismo tiempo en el congelador granizado de limón, de ciruelas, leche merengada, horchata de avellanas, granizado de leche y colacao y granizado de café (de tres variedades) todo, por supuesto, hecho por mí. En fin que, como me dicen en casa, me falta matar un cerdo y hacer los embutidos y, aunque protesto y les digo que bien que se comen mi lomo de tabla o mi lomo de orza o mis patés, reconozco que tienen razón.

Y cuento todo esto, más bien para entonar un “mea culpa” y para ver si, viéndolo escrito, soy capaz de concienciarme de que tengo que parar, de que estoy como el conejito del Duracell pero con la diferencia de que él lleva las pilas alcalinas y yo (valga el símil) soy como un coche que empieza una carrera a tres cilíndros y a sabiendas de que parte de la gasolina que le entre no la va quemar y va a terminar jorobando el carter.

Así que me voy a ver si aprendo a ver la tele, a estar tumbada en una hamaca leyendo, a que llegue un día la hora de la comida y tener que hacer de urgencia una tortilla de patatas porque no haya preparado previamente dos platos y un postre, a no encender el ordenador, a que no me duelan las manos de tenerlas en el ratón, a aprender a levantarme a las 8 de la mañana en vez de a las 6 y, en definitiva, a meterme en la cabeza que no todo funciona a fuerza de voluntad, a hacerle caso a mi familia cuando me dicen que afloje porque ellos son quienes luego tienen que salir corriendo conmigo.

Así que esta noche apagaré el ordenador y lo encenderé el día que vuelva, porque volveré un día de estos, igual el mes que viene que a finales de octubre, porque a principios me espera una operación quirúrgica de envergadura (aparte de las de las dos manos) que ya hemos tenido que retrasar por no estar en condiciones físicas para hacérmela y, mientras tanto, ¡feliz verano a todos!.

14 de julio de 2013

Las sandalias que me sonaban de algo



A principios del verano le eché el ojo a unas sandalias
Foto tomada de Google
de taconazo de Gloria Ortiz preciosas, de hecho las he visto varias veces y no me las he comprado porque con lo chunga que estoy apenas salgo y porque me sonaban de algo, como si se las hubiera visto a alguien, y me dije: “¿y si me las compro y tengo narices a coincidir con quien sea y me da un cabreo del 10?”, ya veremos luego en las rebajas.

Pero esta mañana, mira tú por donde, me he topado con las sandalias en cuestión y no es que las llevara nadie puestas, noooooooo, las tenía en mi zapatero y encima sin estrenar porque, aparte de que llevan un tacón de 10cm. Es que tienen la suela de cuero y te puedes matar con ellas las primeras veces que te las pongas como no te andes lista.

En mi disculpa diré que las tengo en un color diferente del que las vi y, aun así, me he reñido por viciosa, porque tengo tal manía con los zapatos y muy en especial con las sandalias (y también con los bolsos) que tengo una cantidad mucho más allá de lo razonable, vamos que los tengo en estanterías peeeeeeeeeeeeeeeero tengo una cosa buenísima y es que no me gustan las joyas.

El caso es que como no podía salir a estrenarlas porque no me encuentro bien, me las he puesto por aquí y he estado taconeando un poco y viendo lo guapísima que iba y, mientras lo hacía, me he acordado de un post de hace mucho que viene al pelo y que reproduzco a continuación:

Yo divido los tacones de los zapatos en tres categorías básicas:

1) Los muy cómodos, que son hasta 5cm. de altura y se puede aguantar con ellos lo que te echen (no hablo de ir al monte, por supuesto).

2) Los razonablemente cómodos, que tienen de 5 a 7cm. de altura y son los ideales para trabajar en la oficina (aunque los dos esguinces que me he hecho han sido precisamente en la oficina).

3) Los tacones de la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones), que son de aproximadamente 10cm. y ahí es donde como te descuides te matas con ellos pero vas monísima, ese placer no te lo quita nadie, si no me pasa como el día de aquella boda.

Hace unos años me invitaron a una boda en un pueblo y la ceremonia religiosa era en una Iglesia que hay en el casco antiguo, con calles empedradas.

La boda era a las 12 de la mañana y hacía un día primaveral precioso, yo llevaba un conjunto blanco y rojo y sandalias y bolso rojos. Las sandalias, claro, con tacón BBC, alto y fino.

Dejamos el coche en un parking y allá que nos fuimos hacia la Iglesia todos guapos, yo por las calles aquellas empedradas, toc, toc, toc, con mis sandalias y, de pronto, metí el tacón de la del pie derecho en un pequeño hueco que había entre dos de las piedras del suelo y, al sacar el pie, tacón arrancado, ¡qué tragedia, madre mía¡, faltaban 5 minutos para la boda y yo coja y a 50 km. de mi casa.

Pero ¡ohhhhhh, casualidad! resulta que en la misma calle había una zapatería así que, ni corta ni perezosa, me quité la sandalia y me fui, con ella en la mano y con la otra puesta y cojeando sensiblemente, a la zapatería en cuestión. Había un montón de gente, lo normal de un sábado a las 12, pero yo llegué (con la media y el pie negros como un tizón de andar descalza por la calle) y dije: "por favor, tengo una boda en unos minutos, voy coja y necesito urgentemente otras sandalias rojas ¿me pueden dejar que me atiendan la primera?" y tuve suerte y (risas incluidas) me dejaron y, además, encontré otras sandalias monísimas, esta vez rojo y blanco que sólo tenían una pega: "no tenían tacón BBC", lo tenían razonablemente cómodo.

Lo de llevar el pie negro lo solucioné cuando llegamos al restaurante dónde era la celebración, metiendo el pie en el lavavo, lavándomelo con media incluida y secándomelo con el secador de aire de manos y, como no podía ser de otra manera, entró un montón de gente al baño mientras yo efectuaba todas estas maniobras con el pie en el lavabo y la falda por la ingle.

Luego ¿cómo no? tuve que aguantar el cachondeíto de un amigo mío, también invitado a la boda, que, a pesar de estar sentado dos mesas más allá de la mía, cada aproximadamente 10 minutos se levantaba y le daba una vuelta a su mesa cojeando ostensiblemente y llamando la atención de todo el mundo, vamos como si llevara en un pie una sandalia de 10 cm. de tacón y el otro descalzo.

Yo las primeras veces le decía entre dientes que ojalá se atragantara y otras cuantas maldiciones pero luego, como ser rencorosa no se cuenta entre mis numerosos defectos, terminé riéndome muchísimo. Incluso bailamos después cojeando para rematar la faena y hacer un poco el payaso.

Desde entonces, por precaución, cuando voy a una boda llevo otras sandalias o zapatos de repuesto en el coche por si las moscas.

6 de julio de 2013

María 5 - Palomas 0 y María 0 – Gorriones 5




Foto tomada de la red
¿Qué quiero decir con esto? pues que, rebuscando por ahí, me encontré con que a las palomas les dan miedo los búhos y, de hecho, en muchos hoteles y otros edificios están solucionando el tema de la invasión de palomas con unos búhos de plástico que venden en Inglaterra y que al final no me he enterado de si huelen de una determinada manera o emiten algún sonido.

El caso es que vi la noticia de un hotel de La Coruña donde los tenían y, rápidamente, pensé en llamar a mi prima Mary que vive en Londres porque trabaja en la BP y decirle: “mándameeeeeeeeee media docena de búhos de esos”. Pero luego recapacité y me dejé eso en cartera y pasé al plan B, que consiste en una solución casera porque pensé ¿y si las ahuyentan los búhos de plástico por qué no las van a ahuyentar los búhos de tela, en plan espantapájaros?.

Entonces me acordé de que mi hijo tuvo un búho de peluche y lo tengo guardado junto con más juguetes entrañables, pero pensé que se me iba a estropear de tenerlo al aire libre, así que me puse y con retalitos de tela de lo más estrafalario (la cosa es que “canten y espanten”) hice 6, cinco búhos y una búha. Los he cosido a máquina porque no puedo hacer nada con las manos (aparte de la fibromialgia estoy en lista de espera para que me operen de las dos por lo del tunel carpiano) pero me han quedado razonablemente bien; bueno uno está un poco bizco, cosa que ya me han señalado en mi casa pero yo, con respuesta para casi todo, les he dicho: “mejor, así da más mal rollito y ahuyenta más todavía, hala”.

O sea que llevo 5 días seguidos sin palomas, veremos lo que dura. Ahora bien, quien dice palomas no dice gorriones y estos, como toda su vida, llevan ganándome la partida y se pasean por aquí como Pedro por su casa y se siguen comiendo las plantas que a ellos les gustan y ensuciando un poco.

La lucha de los gorriones ya la abandoné hace muchos años, en la otra casa incluso hubo un tiempo en que, ingenua de mí, pensé que si les ponía comida me dejarían las plantas en paz pero no, se comían el alpiste, lo tiraban por todos sitios (incluso una vez me creció una planta en el desagüe) y, además, se comían las plantas, sobre todo las carnosas y muy especialmente la aptenia (también llamada rocío o escarcha).

Pero ahora, como estoy tan contenta porque no viene ni una paloma, me estoy reconciliando con los gorriones y estoy considerando la posibilidad de comprar una fuente de esas de jardín para que estén fresquitos este verano. Me estoy volviendo blanda, no puede ser.

El esguince (no hay dos sin tres)

Voy por mi tercer esguince en el pie derecho, de ahí lo de que no hay dos sin tres. Y hoy, recordaba lo que, por el esguince, me ocurrió ...