Un mundo de silencios

Imagen tomada de Google (si está protegida la quito yaaaaaaaaaa, si me avisan)

Soñé un mal día que perdía la voz
y me sentía como un juguete roto,
inservible aunque con buen aspecto,
viendo mi vida como algo atroz,

por no poderte ya decir te quiero.
Me adentré en un mundo de silencios,
repleto solamente de vacíos,
oscuro como un gran agujero.

Mas enseñé a las yemas de mis dedos
a hablar sobre los surcos de tu piel,
te mostré con el brillo de mis ojos,

dándote mi cuerpo sin ningún pudor
y besándote hasta quemar mis labios,
que hay otras formas de gritar amor.

El cuento de la lechera (en plan conejo)



Como suelo cumplir mis promesas (y mis amenazas) aunque tarde en hacerlo, he salado un “jamón” de conejo y lo he curado ¡faltaría más! y lo he hecho al tomillo (porque así parece más delicatessen).

Con el proceso me he divertido ¿para qué negarlo?, sobre todo pensando en que parecía que estaba jugando a las casitas por lo mini que era todo, desde el cacharrito donde lo he salado hasta lo pequeñajo del jamón, por no hablar de lo chiquitín que se veía en el secadero improvisado que tengo en la despensa y que consiste en una barra y unos ganchos de acero inoxidable del Ikea y, por supuesto, atándole la cuerda de colgarlo con hilo de bridar la carne.

Pero lo mejor ha venido cuando lo he puesto en la mesa y les he dicho: “hala, a probarlo que ya sabéis que yo no como conejo”. Sabía que lo primero que me iban a preguntar (son tan previsibles) era que si llevaba veneno, a lo cual he respondido muy seria que no, que el de la muestra no y luego ya veríamos.




Como, lógicamente, el jamoncito no cabía en la jamonera (en la foto lo tengo sobre la tabla de cortar el queso), se las han apañado para cortar unas lonchitas (tampoco es que diera la cosa para mucho porque el conejo pesaba poco más de 1kg.) y lo han probado y han dicho: “bueníiiiiiiiiiiisimo”.

Y yo, al oír buenísimo, ya me he disparado (no es que necesite mucho para ello, la verdad sea dicha) y les he contado mi penúltimo proyecto empresarial, que consiste en irnos a Australia (donde hay una superpoblación de conejos de narices), comprar un terrenito (allí digo yo que como hay tanta tierra no será cara y puedo comprar algunas hectáreas), sembrar alfalfa para  engañar a los conejos y que vengan solitos a comérsela (con lo cual la materia prima la tendría prácticamente gratis) y, luego, pescozón al conejo y 2 jamones y dos paletillas al canto y con el resto ya se me ocurrirá algo.

También he pensado pasar previamente por un Coronel Tapiocca (para ir vestida en consonancia con mi nueva condición de intrépida latifundista), comprarme un cuchillo a lo Cocodrilo Dundee (por si las moscas) y un Hummer bien grandote (preferentemente rosa, glamouroso total).

Me lo estaba pasando bomba contándoles todo esto, lo prometo, vamos que con la cosa de la materia prima gratis me veía a mí misma fletando un barco para cada continente para exportar los jamoncitos, poniéndolos de moda en todos los restaurantes pijos del mundo mundial (¿os imagináis en la carta de un Maxim's algo así como: “jambon de lapin de Mme. Marie A.O.C. L'Australie aux fines herbes”?, porque mis jamoncitos tendrían denominación de origen, por supuesto).

Mientras lo pensaba, he ideado también un plan para aprovechar las pieles y, de paso, hacerle la competencia a UGG y crear mi propia línea de botas (las mías con y sin tacón), bolsos y abrigos de conejo que se pondrían rápidamente de moda en cuanto Paris Hilton los luciera ( me lo haría gratis y la convencería para ello con el sólido argumento de que las dos tenemos un Hummer rosa).

Y luego, cuando ya estaba calculando cuanto tiempo tardarían en entrevistarme en el Financial Times, incluirme en la lista Forbes y todas esas menudencias, llega mi hijo, tan resabiado él, y me dice: “tu plan sólo tiene un pequeño fallo, que los conejos en Australia tienen mixomatosis (me ha dado la mini-conferencia de por qué)” y, entonces, he caído del burro y digo: “hay que ver lo poco que dura la alegría, oye, pero fue bonito mientras duró”.