Las lobas (1)


Cuando a una mujer se le ha apodado "la loba" se solía hacer con connotaciones sexuales y, aunque me lo he preguntado muchas veces, jamás se me había ocurrido averiguar si realmente la hembra del lobo es muy ardiente, cosa que pienso averiguar hoy mismo y, a su vez, empezaré a hacer una pequeña biografía de las mujeres a las que, históricamente, se les ha apodado "la loba".

Empiezo con La Loba de Pennautier:

A Orbrie o Etiennette de Cabaret, esposa de Jordán de Cabaret quien, recordemos, falleció en 1.228 en la prisión de Toulouse acusado de defender a los Cátaros, la apodaban "La Loba de Pennautier". Existen dos teorías al respecto, una de ellas que era hija de Raimón de Pennautier, a quien llamaban "El Lobo" y la otra es que era lo que por aquí llamamos una "Loba", sexualmente hablando, y que uno de sus amantes se disfrazaba de lobo para ir a visitarla.

Cuentan las crónicas que "La Loba" era una mujer muy hermosa y amante de las fiestas y que el castillo de Cabaret, del que era señor su cuñado, fue escenario de grandes fastos en la primera década del siglo XII, antes de que se vieran obligados a luchar con los cruzados por defender a los Cátaros.

Entre los amantes, llamémosle documentados u oficiales, que tuvo "La Loba", se encontraban nobles, como Bertrand de Saissac, Aimery de Montréal y Raymond Roger de Foix (Conde de Foix y hermano de Esclarmonde, cuya historia también es muy interesante), Pierre-Roger de Mirepoix (quien encabezó la matanza de los inquisidores de Avignonet, hecho que dio lugar al asalto de Montségur y la aniquilación de los Cátaros que no consiguieron huir en la región) y un trovador, Peyre Vidal, del que se cuenta que es el que se disfrazaba de lobo y que, supuestamente, le dedicó un poema, del que reproduzco el siguiente fragmento:

"Et ab joi li er mos treus
Entre gel e vent e neus.
La Loba ditz que seus so,
Et a.n be dreg e razo, y voto a
Que, per ma fe, melhs sui seus
Que no sui d'autrui ni meus.

Voy hacia ella con alegría
surcando el viento y la nieve.
La Loba dice que soy suyo
Dios que está en lo cierto:
le pertenezco más que
a nadie, más que a mí mismo".

Aunque se decía que "La Loba" era bastante "cariñosa" y no le hacía muchos ascos a ningún hombre, se puede decir que el grueso de sus afectos extramatrimoniales se lo llevaba el Conde de Foix, de quién parece ser que tuvo varios hijos que ella atribuía a Jordán, su marido. Como en aquel momento no existía lo de las pruebas de ADN no se le podía probar nada y, además, ella estaba decidida a conseguir para sus hijos la herencia de su marido.

Finalmente no pudo conseguirlo porque Jordán, al cabo de los años, se dio por aludido y la repudió y se casó con Mabilia.

Chao-Li-Chi, la Channing y Falcon Crest


Hoy, dentro de que no tiene ni puñetera gracia lo que está pasando en Andalucía con los ERES, me he tenido que reír viendo un telediario, concretamente cuando contaban que se habían descubierto otros 450.000 € del "fondo de reptiles" para el ex chófer de Guerrero.

Esta nueva ayudita, que también se convirtió en farlopa y se esfumó nariz arriba, iba destinada a la construcción de una granja de pollos, construcción de la que no existe constancia salvo del cartel, que por algo hay que empezar, tampoco pensemos mal porque seguro que el hombre pensaba hasta comprar los pollos y luego se le escurrió la pasta, que total eran cuatro euritos de nada.

Pero la verdad es que el cartel no tiene desperdicio alguno, porque en las imágenes que han mostrado en televisión ponía ni más ni menos que: "Falcon Crest" y no me negaréis que la cosa tiene su guasa, es que hasta me imagino al chófer en cuestión hasta el culo de coca y de rebujito regocijándose con la idea del nombrecito para la granja, confundiendo quizás pollos y halcones, y se me escapa una sonrisa.

Y es que lo de Falcon Crest dio para mucho, a mí sin ir más lejos me llamaron "La Channing" una temporadita en el trabajo unos cuantos imbéciles que no podían digerir que les mandara una mujer, en realidad me lo llamaron hasta que me enteré y les demostré que les mandaba porque valía para hacer lo suyo y lo que ellos no sabían hacer, de ahí que ellos estuvieran en su sitio y yo en el mío y al que no le conviniera carretera y manta.

Lo de "La Channing" me dio incluso para que mis hijos me hicieran en su momento una gamberrada y me cambiaran la contraseña para comprar on-line en Mercadona por la de "Angela Channing" y yo, desquiciada, llamé a atención al cliente para recuperar la contraseña y, aparte de acordarme de su puñetera madre (la de mis hijos porque averigüé su autoría en cuanto la supe, que por algo los he parido yo), tuve que aguantar el cachondeito del señor que me atendió y me dijo la contraseña, porque como fue hace mucho tiempo te lo decían por teléfono, ahora me hubieran enviado un correo y listo.

Pero, volviendo al chófer, me imaginaba al estirado de Chao-Li-Chi del Falcon Crest original, eficiente y malísimo como él solo y lo comparaba con este chapucero y me digo: "es que no hay color, es tan diferente como un halcón de un pollo, seguro que a él no le hubieran pillado, más que nada porque no me lo imagino perdiendo los papeles con la coca y el alcohol, hasta para delinquir hay que valer y tener cierta clase".

Estoy en peligro


Estaba yo esta mañana organizando unos armarios de exterior que tengo en el patio al que se accede por la cocina y, de pronto, he oído a la niña del segundo decir algo así como: "Ay hamstercito mío, qué guapo eres" y juro que se me ha helado la sangre de golpe, madre mía qué susto más grande me he llevado.

Y se me ha helado porque le tengo un pánico exacerbado a los roedores y los bichos estos, digan lo que digan, son ratas. Me he tenido que enfrentar dos veces a los hamsters, la primera vez cuando se pusieron de moda y todos los niños querían tener uno (cosa que coincidió con mi boda) y resulta que fui a invitar a unos amigos que recientemente se habían hecho un chalet en el campo y, enseñándome la casa, recuerdo que tenían una jaula con dos bichos en el lavadero, ahí tan ricamente delante de la ventana; yo fue ver la jaula desde la cocina y ya ni salí, tan sólo me puse a gritar como una loca y los bichos chillando, no sé si por solidaridad o porque los acojoné con mis gritos pero el caso es que era algo tremendamente repugnante, vamos que ni me quedé a tomar nada y ya les avisé de que, mientras vivieran los bichos, a mí no me invitaran para nada.

La segunda vez fue más grave aún y también en el campo, esta vez en el de mi prima, y aquí no sé de qué me extrañé porque sus hijos han tenido tal cantidad de bichos que a su casa del campo le llamábamos en la familia la granja San Francisco. El caso es que estos yo no llegué a verlos, porque fue ver una jaula grande con el rabillo del ojo y preguntar: "¿qué tienessssssssss en la jaula esa?" y mi prima, tan fresca ella y muerta de risa por mi miedo, me contó con todo lujo de detalles que eran una pareja de hamsters, que habían sido papás y que la recién parida se había comido a dos de sus bebés nada más parirlos (para recuperarse del parto, según ella). No digo nada del asco que, además del miedo, me provocó el episodio en cuestión.

Pero, volviendo al "hamstercito suyo" de mi vecinita, con esta imaginación tan fértil que tengo ya he estado elucubrando cómo se le puede escapar el bicho y acceder a mi casa y matarme de un infarto. He considerado todas las posibilidades, desde que entre por el patio de la cocina hasta que se cuele por alguna de las terrazas, según mi hijo (le he hecho partícipe del nuevo "hamster-vecino" para, contándolo, conjurar un poco el miedo), el bicho no tiene posibilidades de llegar aquí vivo porque: 1) Para caer desde su terraza a la mía que hay debajo tendría que describir una elipse. 2) Si cae desde su lavadero hasta el patio de mi cocina se mata del golpe. 3) Si cae desde una de sus ventanas a mi otra terraza también se mata del golpe. Y entonces, según él, lo más que puedo ver es un bicho muerto que no tiene por qué darme miedo, aunque a mí me daría tenga o no tenga por qué.

Las tres posibilidades son perfectamente razonables, lo reconozco, pero yo le he argumentado: ¿y si se cae encima de una planta y no se mata qué? o ¿y si abro yo una mañana la puerta de mi dormitorio que da a la terraza y salgo ahí, tan tranquila, a ver qué día hace y piso el bicho muerto, qué?. El pobre, ya aburrido, dice: ¿y si enseñan al bicho a bajar por el ascensor y a tocar los timbres dando un saltito y viene a visitarte con el único fin de jorobarte la existencia quéeeeeeeee?. Y yo digo: "pues me muero".

De las lentejas al gigoló


Ayer, mientras cenábamos, alguien sacó el tema de los nombres tan retorcidos que, en ciertos sectores hosteleros, le ponen a las comidas y uno de mis hijos recordó una "mousse de lentejas con cebolla caramelizada y boletus y no sé qué leches más" que, en plan canapé y servido en cucharita de porcelana, nos pusieron una noche en la Fundación Miró, en Barcelona, durante una recepción para presentar un producto. Aquello les debió costar una pasta, supongo, el alquiler del recinto por un lado y la mousse de lentejas por otro. Yo no la probé porque las lentejas las he odiado desde pequeñita pero, eso sí, me puse morada de todo lo demás.

Y, recordando esa noche, también se acordaba mi hijo de que había por allí uno que se pasó más de dos horas mirándome fijamente pero fue incapaz de acercarse a decirme nada. Él insiste en que me tenía que conocer de algo y de ahí sus miradas pero yo, con más cara que espalda, le dije: "¿qué pasa, es que tu madre no le puede gustar a uno o qué?".

A continuación, como ya le tocaba a él, nos echamos unas risitas recordando que en esos días le tomaron por mi gigoló, cosa que a mí me hizo una gracia tremenda y me dolía el estómago de tanto reírme pero que a él no le terminó de gustar.

El niño estaba todavía en la universidad y le dije: "¿oye tú tienes algún examen la semana que viene?" y, como me dijo que no, le respondí: "nada, pues te vienes conmigo a Alimentaria que te vayas poniendo en solfa". Así que allá que nos fuimos los dos y, al llegar al stand de la cervecera donde habíamos quedado para comer, el relaciones públicas, que tiene una guasa de no te menees, me dijo: "ostras María, ¿te has traído al gigoló?". Yo me ahogaba de las risas, bueno yo y todo el mundo porque la hora que era allí había más gente que en los toros y éramos el centro de todas las miradas, pero la verdad es que a mi hijo le sentó como una patadita en la barriga, más que nada porque la noche anterior, al llegar al hotel donde siempre nos alojamos cuando voy a Barcelona, me dijo el recepcionista echándole una miradita aviesa: "Buenas noches, señora x, ¿no viene su marido?" y yo, mala como soy, le dije: "no, esta vez no viene, ¿le basta con mi D.N.I. o quiere el de él también".

Total que al nene, a pesar de que han pasado tres años del asunto, le sigue picando el tema del gigoló pero yo le digo: "te aguantas, eso te pasa por ser tan guapo".

Lo que quieres, lo que puedes y lo que debes


Voy con retraso y el balance que se supone que había que cerrar ayer lo estoy cerrando hoy, cuando hoy no es día de inventarios ni cuentas de explotación porque hoy, oficialmente, es el día de los propósitos, el de a partir de mañana a régimen, el de dejo de fumar y el de voy a hacer mil cosas.

Pero a mí, en lugar de por proponerme mil cosas que sé que no voy a poder cumplir, me ha dado por examinarme y por pensar en que mi vida siempre ha sido un trío: "lo que quiero, lo que puedo y lo que debo hacer".

Y muchas, demasiadas veces por no decir siempre, he optado por lo que debo hacer, por anteponer a todo el mundo delante de mí, por agradar, por no causar molestias, por no causar dolor y eso, algunas veces, se convierte en una carga tan pesada que mis hombros resultan demasiado frágiles para transportarla y se quejan del exceso de peso y me amenazan con tirarla y desprenderse de ella.

En realidad se diría que no me puedo quejar, soy una persona que ha disfrutado mucho, que casi siempre ha tenido lo que ha querido y a la que se supone que no le falta nada o casi nada, lo malo es que lo que no puedo tener significa mucho para mí.

Lo peor es que sé positivamente que, al menos hoy, seguiré haciendo lo que debo en lugar de lo que quiero, aunque pueda y aunque lo que quiera , como hoy, sea sólo estar con poca luz y acurrucarme en un sofá tapada con una mantita y estar sola, sola para pensar, sola para llorar, sola para no comer, sola para disfrutar del silencio, sola para no hablar con nadie, sola para ocupar mis pensamientos con lo que yo quiero, nada más que con ello.